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CATS AND DOGS

No lo saben pero es cierto, cayó sangre. Del cielo. Quiero decir que llovió sangre. Y no una garúa finita, no venía sola: el plato llegó con sus sacramentos.

No pongan esas caras de incrédulos.

No pongan esas caras escrupulosas.

En otras ocasiones llovieron peces. Innúmeras.

Esas caídas son más socorridas. La sangre, poniendo a un lado lo llamativo del momento para la primera plana, no sirve más que para dejarlo todo enchastrado. La pregunta acá, la que nos inquieta, a mí me inquieta al menos, es quién lanza toda esa porquería al suelo, donde la buena gente busca pan, en lugar de lanzarnos diamantes, I don’t mean rhinestones–uh, ahí tienen lo que es hablar cabalmente en plata– pero no, a la mersa nos lloverán piedras, sapos, ranas, para equilibrar el excedente de anfibios en algún universo paralelo, muchachos, porque es de lo que más cae.

Ya veo, me van a poner de vuelta esas caritas afectadas. ¡De dónde se piensan que salen! Y no me vengan con el cuento del tornado, del tornado selectivo. No vi fenómeno meteorológico más exclusivista y ordenado que nos agarra las especies y nos las categoriza taxonómicamente con tintes de ciclón neurótico. No, del cielo caen cosas. Y no siempre a gusto de uno.

No siempre.

Armando mira a Mackenzie y Mackenzie instintivamente se guarda en el bolsillo el llavero de cola de gato que le cuelga del pantalón.

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GUÍA DE VIAJE

Hay gente subida en un autobús en Puerto Rico, gente que en Puerto Rico coge un autobús para poder llegar a la estación para tomar el tren para poder no escapar; dando vueltas a la isla conforme se acerca la tormenta. Imperfecta. Soy yo quien lo está escribiendo. No pierdan la perspectiva del asunto. Lo importante no es la tormenta. La tormenta es sólo la excusa para que yo pueda hablar de la tormenta y de que hay gente en Puerto Rico. En algún espacio hay que situarla. La geografía juega a mi favor y la sitúo en Puerto Rico, en un lugar lo suficientemente alejado de otro lugar como para tener que coger un autobús y un tren para circundar la isla en espera de la tormenta de la que yo estoy hablando.

Y aquí hemos llegado al asunto primordial.

Hablar.

Yo.

Interlocutores a los que tener entretenidos, dando vueltas por la isla, cogiendo trenes y autobuses, next stop Viejo San Juan, sin que me importe mucho el calor o el miedo a la tormenta o a no llegar a ninguna parte. Y han bastado poco más que unas cuantas ideas: isla, autobús, tormenta, para que en vuestras–y ahora os tutearé– cabezas ya imaginéis isla, autobús, tormenta, con todas las añadiduras posibles y simultáneas, imprevistas y cromáticas, de ruidos y de gente y de motores y temperaturas humectantes.

Hablaros apenas en aras del desplazamiento.

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