No lo saben pero es cierto, cayó sangre. Del cielo. Quiero decir que llovió sangre. Y no una garúa finita, no venía sola: el plato llegó con sus sacramentos.
No pongan esas caras de incrédulos.
No pongan esas caras escrupulosas.
En otras ocasiones llovieron peces. Innúmeras.
Esas caídas son más socorridas. La sangre, poniendo a un lado lo llamativo del momento para la primera plana, no sirve más que para dejarlo todo enchastrado. La pregunta acá, la que nos inquieta, a mí me inquieta al menos, es quién lanza toda esa porquería al suelo, donde la buena gente busca pan, en lugar de lanzarnos diamantes, I don’t mean rhinestones–uh, ahí tienen lo que es hablar cabalmente en plata– pero no, a la mersa nos lloverán piedras, sapos, ranas, para equilibrar el excedente de anfibios en algún universo paralelo, muchachos, porque es de lo que más cae.
Ya veo, me van a poner de vuelta esas caritas afectadas. ¡De dónde se piensan que salen! Y no me vengan con el cuento del tornado, del tornado selectivo. No vi fenómeno meteorológico más exclusivista y ordenado que nos agarra las especies y nos las categoriza taxonómicamente con tintes de ciclón neurótico. No, del cielo caen cosas. Y no siempre a gusto de uno.
No siempre.
Armando mira a Mackenzie y Mackenzie instintivamente se guarda en el bolsillo el llavero de cola de gato que le cuelga del pantalón.