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ANIMALES PERDIDOS

Algo me empezó a ocurrir aquella misma tarde tras el almuerzo. Armando Amador Marondo, el Señor lo conserve muchos años en la gloria de una energética lata de comida para gatos, fue el único en percatarse. “Vos estás enamorado, pibe”. Y siguió a lo suyo. Aquella era la segunda vez que hurgaba en indiscreciones pantanosas. Lo cierto era que me hormigueaban las manos y un desequilibrio nervioso invadía mis axilas. Como contrapunto, todo presentaba una calma aparente: el mexicano cantaba para Armando, Joe cortaba unas costillas con la sierra eléctrica y Mackenzie aprovechaba para echar una cabezadita antes de salir a hacer la ronda nocturna.
Los miré con distancia. Prefiguré una escena casera en la que comíamos albóndigas sentados en torno a una mesa alargada, bebíamos vino y reíamos con bromas sencillas. Los gatos, paseantes silenciosos, nos acariciaban los tobillos.

Después me encendí el cigarrillo y soplé la cerilla.

“Ha llamado Teresa”, dijo Joe. “¿Qué quería?”. “Dice que la llames, que tiene para ti un… un…”. “Un qué”. “No me acuerdo”.

Salí de la trastienda con cara de pocos amigos.

En el coche, camino del negocio de Teresa, no me sentí mejor. Las manos me sudaban copiosamente. Se me hacía difícil sujetar el volante sin que resbalara en las curvas. Algo me estaba pasando: me habían envenenado desde dentro. Después de la visita no prevista se impondría volver al médico, pero ¿a qué médico?  Las opciones iban menguando y no me sentía con ánimo para pensar en un especialista.

Tampoco estaba de humor para buscar mascotas perdidas.

Pegado al cristal de la puerta de Mi Establecimiento, carnes y derivados, había un cartel de he salido. Otra estrecha puerta lateral servía de acceso a la vivienda del piso superior. Comprobé que estaba abierta cuando me disponía a llamar.

Armado de precauciones, subí despacio las escaleras angostas. Teresa no respondió a mi primera llamada. Tampoco a la segunda. A la tercera, creí escuchar un ligero hilo de voz proveniente del fondo del pasillo.

Allí estaba, en el dormitorio, inmóvil sobre la cama arrugada, en un déshabillé de encaje negro, con la mirada perdida en el techo. Giró la cabeza, me miró fijamente los pantalones y se abrió el salto de cama dejando a la vista su cuerpito de estraza y huesos. Entonces comprendí. Dejé el arma sobre la cómoda. El veneno que me venía intoxicando tenía nombre de mujer. Y me entregué sin resistencia al destino de una pasión deshidratada.

No pude sobrevivir.

Teresa extendió su vara y las aguas se abrieron. Aquella tarde, Teresa me mató, y me mató tres veces, para resucitarme a su antojo todas las que ella hubiera considerado necesarias.

“Joven, cierra la puerta al salir”, fueron las primeras palabras que me dirigió ya entrada la noche.

En el coche, de vuelta a la carnicería de Joe, me sorprendí cantando.

En aquel momento sólo podía pensar en lo molesto que me resultaba el mexicano.

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DELICATESSEN

No nos parece justo tener pluriempleado al mexicano. Joe lo utiliza como chico de los recados cuando Armando no lo tiene garrapateando notas. Y la esclavitud, sonríe Mackenzie, se abolió hace siglos. Él, reconoce, lo tendría atado por un tobillo sentado en el porche desvencijado de la vieja casa junto a los pantanos, pero el mexicano estaría descansando y podría fumar o mascar tabaco a última hora de la tarde cuando los mosquitos parecen confundirse con el aire que respiran.

Esa fue nuestra primera discusión.

No hay nada como la debilidad interna para potenciar la fortaleza externa. Digo exterior. Digo del otro. Y hay muchos otros.

No es justo entretenerse.

Para no tensar más la situación, Mackenzie y yo nos decidimos a colaborar, a descargar al músico de peticiones desproporcionadas.

Esto me llevó a sufrir un leve mareo.

Fue por el perfume. Las feromonas aterrizan en mis recuerdos, y me hacen reaccionar con la misma imprevisión que la primera vez, cuando la doctora levanta la cabeza del escritorio y una oleada de Vol de Nuit me derrite las piernas.

Este trabajo no me gusta.

El médico no es para mí. Tengo que pagar una deuda pasada de Joe, hacer de chófer y acompañante de una anciana que resulta ser experta en salchicherías. Mackenzie, pertrechado con un delantal blanco, se ha quedado tras el mostrador.

En el trayecto al hospital hablamos de embutidos, de lo irónico de destripar a alguien para volver a meterlo en una tripa. Aquí, Miss Daisy, ha dicho alguien. Mi primer pensamiento ha sido el del respeto debido al animal, cerdos tratados dignamente por una dama y matarife antes del sacrificio. Después pienso en Joe y en el fin último de su manufactura.

Hoy en día estamos comiendo cualquier cosa.

La doctora recurre a las sales de amoniaco. Es de la vieja escuela. Le agradezco que evite la ridícula bolsa de papel, el término hiperventilación. Me bastaría una sola cita para hacerle cambiar de opinión con respecto a ciertos diagnósticos. No será posible. El perfume neutraliza mis posibilidades. Y el hospital no está dentro de mi circunscripción. Un desperdicio. Me gustan las mujeres fuertes y ella tiene el pelo dorado.

En el trayecto al hospital hablamos de fiambres. A Teresa no le gustan los médicos. Esa confesión me desata una sonrisa fácil. A su edad la obligan. El seguro, asegura. Un quiste, dicen. Una exploración, explota. A estas alturas y a ella, únicamente explorada por el difunto Peter, un experto en los asuntos de embutir.

Atemorizada, me ruega que la acompañe, que no la deje. Me toma de la mano cuando la doctora sube sus piernas enclenques en la camilla y le avisa de que el gel va a estar frío y que haría mejor relajándose. Teresa me aprieta la mano, me mira con ojos que no saben perdonar. Lanzo una última mirada al cabello de la doctora.

Volvemos en silencio. Dos manzanas antes de llegar, me pide que baje a comprar comida seca para Pelusa Peter. No hago preguntas. Cuando llegamos la acompaño hasta la trastienda. El gato no sale a recibirla. Mackenzie no recuerda cuándo lo vio por última vez. Teresa se transforma y Mackenzie tiene que asegurarla en una silla. Hacemos lo posible por calmarla. El gato no aparece. Como último recurso le dejo sobre la mesa la tarjeta de un detective privado.

Hoy ha sido un día largo.

Miro hacia el cielo. A veces, los animales llueven.

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CUATRO ROSAS

Conocí a Joe a través de Mackenzie y a Armando a través de Joe.

Y así vamos creciendo.

Armando se dice letrista. Entonces lo es. Un hombre no es sino lo que cree ser.

En un primer momento lo confundí con un médico. Sólo fue un espejismo sonoro. Armando habla con el mismo acento con el que el doctor Nick de Springfield aprendió a hablar en mi país.

Las letras de Armando son letras crudas. Llama a las cosas sin tapujos vuelta y vuelta huyendo de cualquier tufo a metáfora o símil que lo aleje un punto y los antiguos de la verdad desnuda sin escatimar en adjetivarlo todo por su nombre. Después firma sus composiciones al completo: Armando Amador Marondo.

Armando Amador Marondo no tiene buen carácter. La idea de corrección política, de guardar las formas, de mantener la compostura, no forman parte de su equipaje.

Encontrar quién lo musique ahora es trabajo nuestro. Armando cree en el crowdfunding y sabe pagar a un hombre como es debido.

En muchas ocasiones hemos tenido que cruzar fronteras, entrar en cantinas mariachis, mostrar nuestras cartas en el asunto, salir con el músico en el Mustang hacia el norte, contorsionísticamente acomodado en el maletero.

Cuando Armando no está inspirado desmiembra canciones sentado tras una mesa en la rebotica de la carnicería de Joe. Podemos escuchar sus arcadas mientras despachamos nuestros asuntos. Más tarde nos explica la náusea que le produce la hipocresía, nos hace entender que la falta de pudor no consiste en decir las cosas a la cara, sino en decirlas sin que lo parezcan.

Armando Amador Marondo jura que cuando él utiliza la palabra “rosa”, quiere decir rosa, que cuando escribe la palabra “vaso” no está pensando en nada más y nada menos que en un vaso y que hay mucho fantasma suelto que no llega ni a dos rosas ni a medio vaso.

Asentimos porque no lo queremos contrariar más.

Armando continua insistiendo en que una flor siempre será una flor y no una mariconada pusilánime, un artilugio seminal de macho golpeador para hacer olvidar a la mujer de turno una tunda previa, y nos asegura que los ejemplos del asco son innumerables, mostrándonos en un papel el cuerpo del delito.

Entonces nos pide que le traigamos al mexicano, que tiene que resolver con él unas cuantas estrofas.

Joe y yo miramos a Mackenzie.

Mackenzie parece escucharlo pero en realidad está pensando en alguna mujer fuerte e inaccesible a la que en alguna ocasión presentó sus respetos sureños.

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PROMETO NO LLAMARTE CHURRI

Me gustan las mujeres fuertes. Siempre se lo digo. A ellas. Siempre se lo digo a ellas.

Busco entendedoras a pocas palabras. Busco.

El resultado no siempre es el esperado. E incluso sin siempre.

Las mujeres fuertes se confunden en su fingimiento con las mujeres duras.

No me gustan las mujeres duras. De ser así, en el anuncio por palabras– oral, escrito– aparecería el epíteto. La epíteta.

No quiero, tampoco, mujeres duras que se hagan pasar por mujeres fuertes. Todo se descubre al otro lado de la soga. Cuando uno tira y tira y llega al extremo de la mujer débil, o de la mujer frágil.

La dureza y la fuerza no saben vivir juntas. No se esfuercen en una búsqueda yerma. La mujer fuerte siempre será frágil. La mujer dura, siempre débil.

En ocasiones aparecen mujeres distintas. Mujeres que ni son fuertes ni duras. Mujeres que no son más que versiones holográficas de mujeres que tampoco son. Recién salidas del horno del cliché de temporada. Y a las que acabaré llamando churri, churro o churra, según el día. Y a las que acabaré no llamando.

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