Archivo de la categoría: Marcus Polus

GUÍA DE VIAJE

Hay gente subida en un autobús en Puerto Rico, gente que en Puerto Rico coge un autobús para poder llegar a la estación para tomar el tren para poder no escapar; dando vueltas a la isla conforme se acerca la tormenta. Imperfecta. Soy yo quien lo está escribiendo. No pierdan la perspectiva del asunto. Lo importante no es la tormenta. La tormenta es sólo la excusa para que yo pueda hablar de la tormenta y de que hay gente en Puerto Rico. En algún espacio hay que situarla. La geografía juega a mi favor y la sitúo en Puerto Rico, en un lugar lo suficientemente alejado de otro lugar como para tener que coger un autobús y un tren para circundar la isla en espera de la tormenta de la que yo estoy hablando.

Y aquí hemos llegado al asunto primordial.

Hablar.

Yo.

Interlocutores a los que tener entretenidos, dando vueltas por la isla, cogiendo trenes y autobuses, next stop Viejo San Juan, sin que me importe mucho el calor o el miedo a la tormenta o a no llegar a ninguna parte. Y han bastado poco más que unas cuantas ideas: isla, autobús, tormenta, para que en vuestras–y ahora os tutearé– cabezas ya imaginéis isla, autobús, tormenta, con todas las añadiduras posibles y simultáneas, imprevistas y cromáticas, de ruidos y de gente y de motores y temperaturas humectantes.

Hablaros apenas en aras del desplazamiento.

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DESEOS

Quiero ir a Marte. No sé bien a qué, lo iré pensando conforme voy escribiendo. Lo cierto es que nunca se me antojó subir ninguna escarpada montaña ni explorar el océano, esperad, inmenso, inmenso océano, casi lo olvido.

No es un deseo extraño. Lo podemos encontrar en el top ten del imaginario de deseos infantiles, inmediatamente después de saltar el colegio por los aires e igualado en justa pugna con conducir un deportivo rojo.

Ir a Marte con tus armas láser a matar marcianos.

Los marcianos son potencialmente el enemigo.

Logan el astronauta.

Logan el alienígena –no olvidemos empatizar.

Todo empieza con un juego.

Te regalan el cochecito rojo deportivo en miniatura.Todos los extras. Le sacas partido, hasta que lo pisas o se te escurre entre las rendijas de la tapa de la alcantarilla. Después viene el teledirigido para que completes el resto de la infancia chocándolo contra las esquinas, feliz, antes de alcanzar a entender la relación chapista/precio.

El haber llegado a Marte no ha diferido un punto, que dirían ¡los antiguos!, de jugar a llegar a Marte. Niños con naves teledirigidas y láseres incorporados. Todos los extras. Segunda fase.

Lo que viene a recordarnos que cuando seamos gente grande, cuando tengamos licencia de adulto interplanetario, podremos pisar el desierto. Rojo, dicen. Desierto, dicen. Y nos costará todo una pasta.

La mecánica del deseo tiende a la realización de los mismos.Un fallo en la dinámica o en el protocolo no os lo cubrirá ninguna garantía. Podéis creerme. Sólo conseguiréis que, con el tiempo, los deseos se vayan sumando. Se amontonen. Se hagan una pila. Y es entonces cuando bendeciréis a Kristian Pielhoff y os reconfortará saber que nada está dejado al azar en el universo.

Tal vez ir a Marte para no volver.

¡Take me home!


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