Archivos Mensuales: octubre 2012

DURO DE REMATE

Los problemas caían de lo árboles, uno tras otro, como una lluvia mansa y el mexicano seguía pululando por el almacén sin que yo supiera muy bien todavía qué hacer con él. Me distraía. Bastaba haber vuelto a sacar el foco del negocio por unos días para que Ralph Leno encontrara mi antiguo apartamento, me inculparan de la desaparición de C. B.; quienquiera que fuera,  Armando siguiera respirando, y los billetes verdes de A.C. Married tuvieran fecha de caducidad por no se sabía qué inoportuna reacción química de papel y tinta.

–Una semana, muchacho. Después empiezan los problemas.

–Concreción.

–Destiñen.

No había tiempo que perder, pero todo en la vida tiene su momento perfecto. Su momento Mackenzie. El viejo vino a poner la guinda.

–Me voy a los pantanos.

–Ahora no puedes irte.

–Me voy.

Todo se iba carajo abajo y yo sólo podía pensar en Teresa y en su amor magro.

El plan se desmantelaba.

Necesitaba un enano. El mexicano sería útil después de todo.

–Jalisco, tenemos problemas. Búscame un enano.

–¿Cómo lo quiere?

– Limpio.

Hay días en que hay que explicarlo todo.

Había que volver a dar forma al proyecto. Repasé mentalmente la lista de tareas. Había olvidado ir a cambiar las pilas del audífono.

–Jalisco, pasa por la ortopedia de camino– su parsimonia me exacerbaba–¡Vamos!

Armando Amador Marondo me miró fijamente.

–Te curtiste a la vieja, pibe. Mal asunto.

Lo acaricié con la mirada para no dar al traste con todo el proceso cárnico.

–¿Me estás hablando a mí?– me espejé.

Joe ayudó a apaciguar los ánimos al entrar con media vaca a lomos.

–¡Una mano, muchachos! ¿Dónde está Mackenzie?

–No está.

–¿Dónde está?

–Se ha ido a los pantanos.

–¡Viejo hijo de perra! ¿Y ahora como eliminamos a éste?–dijo señalando a Amador.

El letrista palideció.

–Eh, estás como la nieve–se le acercó Joe, suavito– la polvorienta nieve. No te aflijas, la alheñada cabellera pronto estará distante de esa garganta loca.

Las palabras lo acuchillaban. Joe lo tenía acorralado contra una pared. Marondo, raro en él, no hablaba.

–¡Cógelo por los pies!

–¡Vamos, Joe, no me hagas esto!–me quejé.

–¡Cógelo por los pies!

“Son órdenes de Teresa”,le escupió a la cara a Marondo.

¡Teresa! ¿Cuándo había hablado con Joe? Los celos me derretían las uñas. Teresa no hablaba conmigo más que para lo inevitable. Había tardes en las que no me dirigía la palabra, nunca me atendía el teléfono y yo me desesperaba sin saber con quién pasaba las noches, quién le abrigaba a la madrugada el cuerpo del delito.

No fue difícil bloquear a Armando. La cuchilla de la Treiff comenzó a girar.

–A la altura de la cintura– me guió Joe.

Ibamos llegando a la mitad cuando entraron el mexicano y el enano. El cantante perdió el conocimiento. El enano lo miró con conmiseración negando con la cabeza.

–Vengo a crecer– dijo.

–Justo lo que necesitaba– sonreí frío.

–Señores, ¿precisan mis servicios?

–Trae aquel cubo para las entrañas– señaló Joe. Armando olía a podrido por dentro.

El enano dijo “al momento” y girando en el aire dos mortales volteretas llegó al cubo y, del mismo modo en que fue “alehop”volvió, cayendo de rodillas sobre una pierna con los brazos abiertos y el cubo colgando de uno de ellos por el asa.

Joe soltó una carcajada.

–Esto es un exceso–dije liberando los brazos de Armando/2 que quedó balanceando por una costilla.

–¿Cómo te llamas?– escuché a Joe preguntar mientras salía con el audífono que había traído el mexicano.

–A. María Brandenbauer, pero todos me conocen por el Canicas.

Necesitaba un ancla. Llegué al negocio de Teresa con las manos aun manchadas de sangre.

–Cierra la puerta–dijo.

No podía más. Las lágrimas salían solas.

–¿Qué está pasando?

–Apaga la luz, nos vigilan.

–¿Quién?

–Ese detective de gatos que me recomendaste.

El alud caía ahora sobre mi propio tejado.

–¿Hace mucho?

–Ha estado haciendo preguntas. El degenerado busca a otro gato: un tal Pirulo. Pelusa ha quedado relegado a un segundo plano.

–¿Qué podemos hacer?

–No te preocupes–me consoló maternal llevándome a su regazo–, cachorro. A todo cerdo le llega Susan Martin.

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ANIMALES PERDIDOS

Algo me empezó a ocurrir aquella misma tarde tras el almuerzo. Armando Amador Marondo, el Señor lo conserve muchos años en la gloria de una energética lata de comida para gatos, fue el único en percatarse. “Vos estás enamorado, pibe”. Y siguió a lo suyo. Aquella era la segunda vez que hurgaba en indiscreciones pantanosas. Lo cierto era que me hormigueaban las manos y un desequilibrio nervioso invadía mis axilas. Como contrapunto, todo presentaba una calma aparente: el mexicano cantaba para Armando, Joe cortaba unas costillas con la sierra eléctrica y Mackenzie aprovechaba para echar una cabezadita antes de salir a hacer la ronda nocturna.
Los miré con distancia. Prefiguré una escena casera en la que comíamos albóndigas sentados en torno a una mesa alargada, bebíamos vino y reíamos con bromas sencillas. Los gatos, paseantes silenciosos, nos acariciaban los tobillos.

Después me encendí el cigarrillo y soplé la cerilla.

“Ha llamado Teresa”, dijo Joe. “¿Qué quería?”. “Dice que la llames, que tiene para ti un… un…”. “Un qué”. “No me acuerdo”.

Salí de la trastienda con cara de pocos amigos.

En el coche, camino del negocio de Teresa, no me sentí mejor. Las manos me sudaban copiosamente. Se me hacía difícil sujetar el volante sin que resbalara en las curvas. Algo me estaba pasando: me habían envenenado desde dentro. Después de la visita no prevista se impondría volver al médico, pero ¿a qué médico?  Las opciones iban menguando y no me sentía con ánimo para pensar en un especialista.

Tampoco estaba de humor para buscar mascotas perdidas.

Pegado al cristal de la puerta de Mi Establecimiento, carnes y derivados, había un cartel de he salido. Otra estrecha puerta lateral servía de acceso a la vivienda del piso superior. Comprobé que estaba abierta cuando me disponía a llamar.

Armado de precauciones, subí despacio las escaleras angostas. Teresa no respondió a mi primera llamada. Tampoco a la segunda. A la tercera, creí escuchar un ligero hilo de voz proveniente del fondo del pasillo.

Allí estaba, en el dormitorio, inmóvil sobre la cama arrugada, en un déshabillé de encaje negro, con la mirada perdida en el techo. Giró la cabeza, me miró fijamente los pantalones y se abrió el salto de cama dejando a la vista su cuerpito de estraza y huesos. Entonces comprendí. Dejé el arma sobre la cómoda. El veneno que me venía intoxicando tenía nombre de mujer. Y me entregué sin resistencia al destino de una pasión deshidratada.

No pude sobrevivir.

Teresa extendió su vara y las aguas se abrieron. Aquella tarde, Teresa me mató, y me mató tres veces, para resucitarme a su antojo todas las que ella hubiera considerado necesarias.

“Joven, cierra la puerta al salir”, fueron las primeras palabras que me dirigió ya entrada la noche.

En el coche, de vuelta a la carnicería de Joe, me sorprendí cantando.

En aquel momento sólo podía pensar en lo molesto que me resultaba el mexicano.

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