¡CUIDADO! ¡CUIDADO!

Hoy hemos matado a Armando. No nos ha importado. El mundo está lleno de Armandos.

Hoy hay un hijo de la plata menos entre nosotros. Todo ha de guardar un equilibrio.

El problema se nos presentó hace unos días–el desarrollo de la idea fue inmediato–cuando tuve que ausentarme de la ciudad. Por unas horas, no más.

En ocasiones necesito rebasar los límites, saber que las jurisdicciones dejan poco margen de actuación a mis amigos de la central.

Llovía. Me vino bien. Siempre llueve cuando me precipito.

Fue Teresa quien me facilitó la dirección de A.C. Married. Lo encontré leyendo, visiblemente contrariado por la mediocre traducción de Calderón. Y por el gato. Es largo. La secuencia vendría a ser algo parecido a esto:

A.C. Married leyendo. Malos Pelos Smith llegando para interrumpir. A.C. Married sacando el quitamanías eléctrico. Malos Pelos Smith quedando fulminado durante los quince minutos siguientes; tiempo en el que lo encontramos en el limbo de los gatos o en artísticas obras del pasado, porque la energía, explica A.C. ni se crea ni se destruye, sólo se transforma. Y yo le digo que creo haber escuchado eso antes, en algún lugar, pero que mi memoria me anda jugando malas pasadas y que, sin una fotografía en la que apoyarme, últimamente lo veo todo muy crudo.

Married sonríe un oh, Teresa incisivo. No se lo tengo en cuenta. Después me sirve un té de las cinco bien cargado y pasamos a su estudio. Malos Pelos Smith permanece rezagado bajo una mesa.

El estudio me pareció un insólito museo de piezas raras pero no era momento para inspecciones. A.C. Married se estaba disculpando por su mal humor. Decía venir siguiendo la pista de un anuncio por palabras desde hacía meses. La clave estaba en el poema desconocido de un escritor que respondía a las iniciales C.B.. Confesó que su primer impulso fue también su primer descarte porque What is life? A frantic moment, y que dejó al viejo Charles para momentos menos limpios.

Parecía ser la semana de las conexiones y que la suerte estaba de mi lado. Aquella misma mañana, Marondo había vuelto a destripar una letra, enardecido:

¡Por qué lo llaman corazón cuando quieren decir garompa!

¡Cuidado! ¡Cuidado!

A A.C. Married no parece disgustarle mi olfato para las ficciones. C.B. con el culo al aire y yo con el culo cómodamente apoltronado en un Chesterfield original Fleming and Howland de 1780. Más confiado, se encaja las lentes y me muestra la obra en la que está trabajando. Le falta poco para terminarla. El papel es auténtico. Me impide preguntarle cómo lo ha conseguido. En realidad, quiere que lo sepa. No se lo pregunto. A.C. me mira decepcionado y pasa a otro asunto: el verde. Se pregunta cómo es posible que él haya conseguido ese verde. No atiendo a la llamada. Ni su mismísima madre diría que Benjamin no es Benjamin.

Somos The Four Roses. Hubiera sido incómodo continuar llamándonos así con la intervención de Married. Tampoco vimos conveniente consultar a Armando por un nuevo nombre con objeto de no prescindir de sus servicios. Había que cubrirse las espaldas ante la posibilidad de Los cinco latinos, en el caso de que lo hubiera encajado, o Los tres sudamericanos, si, tradicional, hubiera eliminado al mensajero.

Hoy hemos matado a Armando. No nos ha importado mucho. Somos las Cuatro Rosas

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