DELICATESSEN

No nos parece justo tener pluriempleado al mexicano. Joe lo utiliza como chico de los recados cuando Armando no lo tiene garrapateando notas. Y la esclavitud, sonríe Mackenzie, se abolió hace siglos. Él, reconoce, lo tendría atado por un tobillo sentado en el porche desvencijado de la vieja casa junto a los pantanos, pero el mexicano estaría descansando y podría fumar o mascar tabaco a última hora de la tarde cuando los mosquitos parecen confundirse con el aire que respiran.

Esa fue nuestra primera discusión.

No hay nada como la debilidad interna para potenciar la fortaleza externa. Digo exterior. Digo del otro. Y hay muchos otros.

No es justo entretenerse.

Para no tensar más la situación, Mackenzie y yo nos decidimos a colaborar, a descargar al músico de peticiones desproporcionadas.

Esto me llevó a sufrir un leve mareo.

Fue por el perfume. Las feromonas aterrizan en mis recuerdos, y me hacen reaccionar con la misma imprevisión que la primera vez, cuando la doctora levanta la cabeza del escritorio y una oleada de Vol de Nuit me derrite las piernas.

Este trabajo no me gusta.

El médico no es para mí. Tengo que pagar una deuda pasada de Joe, hacer de chófer y acompañante de una anciana que resulta ser experta en salchicherías. Mackenzie, pertrechado con un delantal blanco, se ha quedado tras el mostrador.

En el trayecto al hospital hablamos de embutidos, de lo irónico de destripar a alguien para volver a meterlo en una tripa. Aquí, Miss Daisy, ha dicho alguien. Mi primer pensamiento ha sido el del respeto debido al animal, cerdos tratados dignamente por una dama y matarife antes del sacrificio. Después pienso en Joe y en el fin último de su manufactura.

Hoy en día estamos comiendo cualquier cosa.

La doctora recurre a las sales de amoniaco. Es de la vieja escuela. Le agradezco que evite la ridícula bolsa de papel, el término hiperventilación. Me bastaría una sola cita para hacerle cambiar de opinión con respecto a ciertos diagnósticos. No será posible. El perfume neutraliza mis posibilidades. Y el hospital no está dentro de mi circunscripción. Un desperdicio. Me gustan las mujeres fuertes y ella tiene el pelo dorado.

En el trayecto al hospital hablamos de fiambres. A Teresa no le gustan los médicos. Esa confesión me desata una sonrisa fácil. A su edad la obligan. El seguro, asegura. Un quiste, dicen. Una exploración, explota. A estas alturas y a ella, únicamente explorada por el difunto Peter, un experto en los asuntos de embutir.

Atemorizada, me ruega que la acompañe, que no la deje. Me toma de la mano cuando la doctora sube sus piernas enclenques en la camilla y le avisa de que el gel va a estar frío y que haría mejor relajándose. Teresa me aprieta la mano, me mira con ojos que no saben perdonar. Lanzo una última mirada al cabello de la doctora.

Volvemos en silencio. Dos manzanas antes de llegar, me pide que baje a comprar comida seca para Pelusa Peter. No hago preguntas. Cuando llegamos la acompaño hasta la trastienda. El gato no sale a recibirla. Mackenzie no recuerda cuándo lo vio por última vez. Teresa se transforma y Mackenzie tiene que asegurarla en una silla. Hacemos lo posible por calmarla. El gato no aparece. Como último recurso le dejo sobre la mesa la tarjeta de un detective privado.

Hoy ha sido un día largo.

Miro hacia el cielo. A veces, los animales llueven.

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Un pensamiento en “DELICATESSEN

  1. ralphleno dice:

    Teresa, para tranquilizarla, y bien sé que es un riesgo que no debería correr, le diré que ya sigo una pista fiable en este asunto y creo que hay muchas posibilidades de que todo llegue a buen puerto. Bien es cierto que tardaré unos días, pues antes hay un par de cuestiones urgentes que debo resolver; es cuestión de supervivencia.

    Atentamente,

    detective Leno.

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