CUATRO ROSAS

Conocí a Joe a través de Mackenzie y a Armando a través de Joe.

Y así vamos creciendo.

Armando se dice letrista. Entonces lo es. Un hombre no es sino lo que cree ser.

En un primer momento lo confundí con un médico. Sólo fue un espejismo sonoro. Armando habla con el mismo acento con el que el doctor Nick de Springfield aprendió a hablar en mi país.

Las letras de Armando son letras crudas. Llama a las cosas sin tapujos vuelta y vuelta huyendo de cualquier tufo a metáfora o símil que lo aleje un punto y los antiguos de la verdad desnuda sin escatimar en adjetivarlo todo por su nombre. Después firma sus composiciones al completo: Armando Amador Marondo.

Armando Amador Marondo no tiene buen carácter. La idea de corrección política, de guardar las formas, de mantener la compostura, no forman parte de su equipaje.

Encontrar quién lo musique ahora es trabajo nuestro. Armando cree en el crowdfunding y sabe pagar a un hombre como es debido.

En muchas ocasiones hemos tenido que cruzar fronteras, entrar en cantinas mariachis, mostrar nuestras cartas en el asunto, salir con el músico en el Mustang hacia el norte, contorsionísticamente acomodado en el maletero.

Cuando Armando no está inspirado desmiembra canciones sentado tras una mesa en la rebotica de la carnicería de Joe. Podemos escuchar sus arcadas mientras despachamos nuestros asuntos. Más tarde nos explica la náusea que le produce la hipocresía, nos hace entender que la falta de pudor no consiste en decir las cosas a la cara, sino en decirlas sin que lo parezcan.

Armando Amador Marondo jura que cuando él utiliza la palabra “rosa”, quiere decir rosa, que cuando escribe la palabra “vaso” no está pensando en nada más y nada menos que en un vaso y que hay mucho fantasma suelto que no llega ni a dos rosas ni a medio vaso.

Asentimos porque no lo queremos contrariar más.

Armando continua insistiendo en que una flor siempre será una flor y no una mariconada pusilánime, un artilugio seminal de macho golpeador para hacer olvidar a la mujer de turno una tunda previa, y nos asegura que los ejemplos del asco son innumerables, mostrándonos en un papel el cuerpo del delito.

Entonces nos pide que le traigamos al mexicano, que tiene que resolver con él unas cuantas estrofas.

Joe y yo miramos a Mackenzie.

Mackenzie parece escucharlo pero en realidad está pensando en alguna mujer fuerte e inaccesible a la que en alguna ocasión presentó sus respetos sureños.

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