FERVOR DE VAMPIRAJE

Me gusta que me chupes sangre.

Te gusta chuparme sangre.

Nuestra unión es perfecta.

El maridaje consiste en casar la carne con los caldos.

En el barrio no nos miran con cariño. Nos señalan con el dedo acusador. Nosotros les saludamos con su vecino inmediato.

Ambos estamos pálidos: yo por la anemia, tú por la fotofobia. Eso dicen los médicos que nos han visto. Y han sido varios. Últimamente tienden a la desaparición: un buen día dejan de pasar consulta y chao. El reemplazo no tarda mucho en llegar, con sus nuevas maneras, nuevas pruebas, empeñados en que me cure, en que me tome el hierro, en que siga fabricando hemoglobina cuando yo me dejaría desangrar con ganas, desvanecerme sin esta intermitencia globular. A ti te recetan pantallas de factores impensables, burkas fijos y se pronuncian sobre el uso del face-kini sin que nadie les haya preguntado.

Yo acabo por no tomar el hierro, porque sé que no te gusta el sabor que lastra, porque te parece que así no sepo tanto a mí. Tú continuas durmiendo por el día. Pero vamos al médico como un acto de fe cuando caen los últimos rayos de la tarde.

Ellos no entienden nada. A mí me gusta que me chupes sangre y a ti te enloquece mi Rh.

Esto no parecen escucharlo, pero inconscientemente se aferran al crucifijo que llevan al cuello, al lápiz afilado, a algún frasquito de perlas de ajo, y entonces tú bendices al muy hijo de puta con tu sonrisa canina.

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