EL SASTRECILLO VALIENTE

El invierno del año 1912 fue un invierno seco. Nos consta. No obstante, las precipitaciones no escasearon.

El exceso de materiales inutilizados sumado al tedio de los días y a las necesidades pecuniarias propiciaron el desarrollo de la inventiva y del ensueño. Combinación dramática en el exceso–no hay nada más peligroso que un hombre aburrido– a la que, añadiendo un premio en juego de 10.000 francos, haremos tender a infinito.

El remanente de gabardina era considerable. La altura de la estructura óptima.

Abajo, París aguardaba.

Era tan sólo necesario un pequeño impulso.

Era, tan sólo, una cuestión de tiempo.

Cuatro segundos escasos.

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