A MEDIA HORA DE CAMINO

Paré a media noche en aquel garito de carretera. Un club de comediantes de pie, así decía. Me decidí. Lo pensé en castellano y la farfullé en inglés, con mi mejor acento de Baton Rouge. No sé si me entendieron. Aquellos pecadores no parecían reír por más que me esforzara en desmembrar el chiste de una mujer que había perdido a un perro que se llamaba Mis tetas, despojándolo, hasta la completa desnudez, de cualquier guiño velado.

Un espectador, un rubito endogámico, me invitó a retirarme.

Nunca olvido una cara.

Lo interrumpí con argumentos idiosincrásicos.

¿Sabéis cómo os llamarían en mi país?

No supieron decirme.

Aparento ser un tipo normal. Un tipo medio. Ni demasiado llamativo ni excesivamente anodino. Podría vender aspiradoras a domicilio, ser un médico en el servicio de guardia de cualquier ambulatorio de barrio, repartir hielo. O pan.

Estoy versado en cine de bajos fondos, conozco las puertas de atrás de todos los locales, los cubos de basura del callejón sin salida, las vallas de los estacionamientos y sus charcos sucios.

También sé esperar.

 

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