PROMETO NO LLAMARTE CHURRI

Me gustan las mujeres fuertes. Siempre se lo digo. A ellas. Siempre se lo digo a ellas.

Busco entendedoras a pocas palabras. Busco.

El resultado no siempre es el esperado. E incluso sin siempre.

Las mujeres fuertes se confunden en su fingimiento con las mujeres duras.

No me gustan las mujeres duras. De ser así, en el anuncio por palabras– oral, escrito– aparecería el epíteto. La epíteta.

No quiero, tampoco, mujeres duras que se hagan pasar por mujeres fuertes. Todo se descubre al otro lado de la soga. Cuando uno tira y tira y llega al extremo de la mujer débil, o de la mujer frágil.

La dureza y la fuerza no saben vivir juntas. No se esfuercen en una búsqueda yerma. La mujer fuerte siempre será frágil. La mujer dura, siempre débil.

En ocasiones aparecen mujeres distintas. Mujeres que ni son fuertes ni duras. Mujeres que no son más que versiones holográficas de mujeres que tampoco son. Recién salidas del horno del cliché de temporada. Y a las que acabaré llamando churri, churro o churra, según el día. Y a las que acabaré no llamando.

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