Archivos Mensuales: agosto 2012

GUÍA DE VIAJE

Hay gente subida en un autobús en Puerto Rico, gente que en Puerto Rico coge un autobús para poder llegar a la estación para tomar el tren para poder no escapar; dando vueltas a la isla conforme se acerca la tormenta. Imperfecta. Soy yo quien lo está escribiendo. No pierdan la perspectiva del asunto. Lo importante no es la tormenta. La tormenta es sólo la excusa para que yo pueda hablar de la tormenta y de que hay gente en Puerto Rico. En algún espacio hay que situarla. La geografía juega a mi favor y la sitúo en Puerto Rico, en un lugar lo suficientemente alejado de otro lugar como para tener que coger un autobús y un tren para circundar la isla en espera de la tormenta de la que yo estoy hablando.

Y aquí hemos llegado al asunto primordial.

Hablar.

Yo.

Interlocutores a los que tener entretenidos, dando vueltas por la isla, cogiendo trenes y autobuses, next stop Viejo San Juan, sin que me importe mucho el calor o el miedo a la tormenta o a no llegar a ninguna parte. Y han bastado poco más que unas cuantas ideas: isla, autobús, tormenta, para que en vuestras–y ahora os tutearé– cabezas ya imaginéis isla, autobús, tormenta, con todas las añadiduras posibles y simultáneas, imprevistas y cromáticas, de ruidos y de gente y de motores y temperaturas humectantes.

Hablaros apenas en aras del desplazamiento.

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A MEDIA HORA DE CAMINO

Paré a media noche en aquel garito de carretera. Un club de comediantes de pie, así decía. Me decidí. Lo pensé en castellano y la farfullé en inglés, con mi mejor acento de Baton Rouge. No sé si me entendieron. Aquellos pecadores no parecían reír por más que me esforzara en desmembrar el chiste de una mujer que había perdido a un perro que se llamaba Mis tetas, despojándolo, hasta la completa desnudez, de cualquier guiño velado.

Un espectador, un rubito endogámico, me invitó a retirarme.

Nunca olvido una cara.

Lo interrumpí con argumentos idiosincrásicos.

¿Sabéis cómo os llamarían en mi país?

No supieron decirme.

Aparento ser un tipo normal. Un tipo medio. Ni demasiado llamativo ni excesivamente anodino. Podría vender aspiradoras a domicilio, ser un médico en el servicio de guardia de cualquier ambulatorio de barrio, repartir hielo. O pan.

Estoy versado en cine de bajos fondos, conozco las puertas de atrás de todos los locales, los cubos de basura del callejón sin salida, las vallas de los estacionamientos y sus charcos sucios.

También sé esperar.

 

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LOUISIANA

Me lo advirtió el viejo Mackenzie:

Dejé de sufrir por amor en el momento en que dejé de escribirle a aquella ingrata, ignorando en un principio que el sufrimiento acabaría tan fácilmente, con esa docilidad de gran danés híbrido.

¡Bobby! ¡SIT!

Bastaba apartar al objeto amado, imaginado o no, correspondiente o no, del influjo de las palabras mágicas condensadas en la palabra y asunto resuelto.

Ella se llamaba Louisiana.

Pero yo ya no tendré que convencer a nadie de que la encontré cerca de la nave nodriza, o la conocí bajo un puente en las inmediaciones del barrio latino, o de que me enamoré de ella cuando me sirvió un café que me retrotrajo del carajo.

Se llamaba Louisiana y tenía una manta. De esas peludas, suaves, que se dirían toda de algodón sino fuera por el hecho incontestable de que son de simple manta, de las que te lías a la cabeza para después tirar de ellas.

Nosotros tirábamos de manta.

Desincorporamos un determinante para incorporar una locución.

Todos salimos ganando.

Ahora pienso en el viejo Mackenzie, apoltronado en su butaca en el porche, mascando un son of a bitch entre dientes cuando enumera la colección de palabras que ya no puedo pronunciar.

He dejado de saber pronunciar la efe.

El resto, intuyo, vendrá rodado. Sonidos irrealizables cuyos fonemas habrán ido desapareciendo paulatinamente de mi pensamiento en ignotas terminales de salida antes de su postrero y fallido viaje neuronal, a la manera en que fui olvidando los rostros de la mujeres a las que intenté amar.

No he ido al médico. Su último diagnostico fue el aviso de que padecía sinestesia. Dijo padecía. No bendecía. Padecía. Dijo. El médico. Su último diagnóstico.

Mackenzie conoce bien los pantanos de Louisiana.

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MEDIOS, REDIÓS Y REMEDIOS

Ya no ves la televisión. Dices que ya no ves la televisión, que todas las referencias televisivas que podemos encontrar en tu acervo (¡horror!) no nacen de lo catódico ni lo plasmático en cuanto objeto físico, sino de la otra televisión, concepto ampliamente compartido, cuyo símil más cercano consistiría en encerrar a un niño en una habitación repleta de (per)versiones del mismo juguete y darle a elegir uno y sólo uno en ese preciso instante y ¡ya!, a la vez que otros niños le cuchichean al oído esto es mío y con la mano que le queda libre ejecuta un dibujo de puntos en un cuaderno de caligrafía Rubio, moreno.

Dices que ahora puedes elegir. Y eliges –algo has de ver– “esto mismo” porque –”esto mismo”– es de lo que hablan todos. Pero TODOS.

Y ya estás viendo televisión. De la otra.

Sin anuncios.

Pobre de ti.

Sin interrupciones.

Pobre de ti.

Gratis.

Pobre de ti.

Llévenselo, por favor. Mi paciencia tiene un límite.

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DESEOS

Quiero ir a Marte. No sé bien a qué, lo iré pensando conforme voy escribiendo. Lo cierto es que nunca se me antojó subir ninguna escarpada montaña ni explorar el océano, esperad, inmenso, inmenso océano, casi lo olvido.

No es un deseo extraño. Lo podemos encontrar en el top ten del imaginario de deseos infantiles, inmediatamente después de saltar el colegio por los aires e igualado en justa pugna con conducir un deportivo rojo.

Ir a Marte con tus armas láser a matar marcianos.

Los marcianos son potencialmente el enemigo.

Logan el astronauta.

Logan el alienígena –no olvidemos empatizar.

Todo empieza con un juego.

Te regalan el cochecito rojo deportivo en miniatura.Todos los extras. Le sacas partido, hasta que lo pisas o se te escurre entre las rendijas de la tapa de la alcantarilla. Después viene el teledirigido para que completes el resto de la infancia chocándolo contra las esquinas, feliz, antes de alcanzar a entender la relación chapista/precio.

El haber llegado a Marte no ha diferido un punto, que dirían ¡los antiguos!, de jugar a llegar a Marte. Niños con naves teledirigidas y láseres incorporados. Todos los extras. Segunda fase.

Lo que viene a recordarnos que cuando seamos gente grande, cuando tengamos licencia de adulto interplanetario, podremos pisar el desierto. Rojo, dicen. Desierto, dicen. Y nos costará todo una pasta.

La mecánica del deseo tiende a la realización de los mismos.Un fallo en la dinámica o en el protocolo no os lo cubrirá ninguna garantía. Podéis creerme. Sólo conseguiréis que, con el tiempo, los deseos se vayan sumando. Se amontonen. Se hagan una pila. Y es entonces cuando bendeciréis a Kristian Pielhoff y os reconfortará saber que nada está dejado al azar en el universo.

Tal vez ir a Marte para no volver.

¡Take me home!


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OUTSIDERS.0.1

Mi nombre es Marcus F. Logan y #tampoco tengo un twitter.

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OUTSIDERS

No tengo un facebook.

Habría que explicar qué significa exactamente esto. Sus implicaciones. No tanto para facilitar la comprensión a generaciones futuras ante el dudoso descubrimiento de este material sensible– tras la hecatombe–, inestimable herramienta para el desarrollo de una novísima teogonía, como para el conocimiento del hombre antiguo –cuando las generaciones futuras, desconocedoras del significado de red social, encuentren dónde poner la equis en la ecuación agujero negro/agujero de gusano– de las ramificaciones de la soledad.

¿Qué es tener un facebook? Adviertan lo retórico. Bajen esos dedos que apuntan hacia el cielo como si quisieran indicar que sólo Dios lo sabe, cuando en realidad pretenden indicar que ustedes creen saberlo.

Me puedo hacer el duro .

(improvisación)

El verdadero hombre del lado de afuera, esto les resultará familiar, no está dentro de ningún Sistema y, por lo tanto, no está dentro del Subconjunto Sistema’, por más que éste se hiciera llamar Antisistema.

¡Falacia!

El outsider no puede evitar formar parte, al menos, de un conjunto de un solo elemento: el propio outsider –al que llamaremos conjunto de Marcus o sistema de Marcus, por el puro capricho de personalizar– y más teniendo en cuenta las necesidades del elemento Marcus del conjunto Marcus de establecer relaciones de correspondencia exhaustivas y multívocas. Formas de subsistencia o de confirmación de que soy, luego lo que les parezca. No puedo permitirme la exigencia. No tengo un facebook.

Y así tenemos al conjunto Marcus y al conjunto Facebook caminando por el universo sin chocar entre sí, algo que a primera vista parece improbable porque el segundo engorda exponencialmente. A no desanimar. No todo está perdido: el universo sabe expandirse y el conjunto Marcus, igual al elemento Marcus, contraerse como un contorsionista en una maleta, apoyado por el frío, fiel reflejo de la soledad. Los antiguos sabrán entender bien estas imágenes. Incluso, yo mismo, si me relajo por unos instantes, podría llegar a pensar que el elemento Marcus podría llegar a pensar que, dentro del supraconjunto facebook, cabría la esperanza de encontrar minúsculos conjuntos perdidos, análogos a planetas a los que desacreditar sumándoles el apellido enano. Conjuntos enanos dentro del sistema. Lo que permitiría al elemento Marcus llegar a la conclusión de que siempre hay quien está peor que uno: otro. Pero estas digresiones no siembran más que la confusión y el hombre antiguo empieza a perderse antes de montar en la nave y dirigirla al siglo XXI.

No tengo un facebook. Facebook es un nido de solitarios. ¡No se me echen encima! ¡Apártense y déjenme respirar! Una reunión no muy distante del grupo de catequesis, del club de lectura, de solteros anónimos. ¡Apártense, he dicho! Está bien, mejor. Concederé que:

  • Puede que nunca sepa lo que es compartir, un muro (piénsenlo “compartir un muro”) inexistente con amigos desconocidos a los que les gustarán mis fotografías (soy bello) o mis ocurrencias (soy ingenioso) y me lo harán saber: ¡bajen esos dedos, por todos los dioses!
  • No compartiré el placer de reírme del-por el-con el-a cuenta del-sin que se de cuenta el prójimo públicamente en la distancia (soy revirado).
  • Jamás recolectaré miles de followers, perdiendo de antemano cualquier posibilidad que garantice mis quince megas de ego (soy un tahúr).
  • No me acosarán las mujeres.
  • No me acosarán los hombres.
  • No me enzarzaré con familiares y vecinos en discusiones estériles cuando los bloquee.
  • No provocaré ninguna guerra mediática.
  • No seré censurado (la mayor de las pérdidas posibles).

No estaré, en definitiva. Y no seré más (ergo seré) que un vagabundo, que un impulso sin rumbo deambulando en un universo de soledades en busca del conjunto vacío.

¡Antiguos, estoy aquí!

Tengo teléfono (sirva esto en mi descargo).

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PROMETO NO LLAMARTE CHURRI

Me gustan las mujeres fuertes. Siempre se lo digo. A ellas. Siempre se lo digo a ellas.

Busco entendedoras a pocas palabras. Busco.

El resultado no siempre es el esperado. E incluso sin siempre.

Las mujeres fuertes se confunden en su fingimiento con las mujeres duras.

No me gustan las mujeres duras. De ser así, en el anuncio por palabras– oral, escrito– aparecería el epíteto. La epíteta.

No quiero, tampoco, mujeres duras que se hagan pasar por mujeres fuertes. Todo se descubre al otro lado de la soga. Cuando uno tira y tira y llega al extremo de la mujer débil, o de la mujer frágil.

La dureza y la fuerza no saben vivir juntas. No se esfuercen en una búsqueda yerma. La mujer fuerte siempre será frágil. La mujer dura, siempre débil.

En ocasiones aparecen mujeres distintas. Mujeres que ni son fuertes ni duras. Mujeres que no son más que versiones holográficas de mujeres que tampoco son. Recién salidas del horno del cliché de temporada. Y a las que acabaré llamando churri, churro o churra, según el día. Y a las que acabaré no llamando.

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SOY EL AUTÉNTICO

Hoy he sentido la necesidad de contároslo.
Hoy he sentido que no tenía nada que contaros.

Estas dos realidades se han cruzado en algún punto en el camino y he podido acabar tres renglones.

Soy el auténtico Marcus F. Logan (cuatro).

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